Confieso que he vivido … como diría Neruda, y yo tal vez tendría que decir que confieso que he malvivido, que me obligaron a lanzarme a la vida desde muy joven, en una edad en la que se supone que despiertas al mundo con los ojos bien abiertos viendo cómo todo es puñeteramente tan diferente del mundo al que hasta entonces estabas acostumbrada, acometiendo empresas heroicas que harían palidecer de envidia a más de una protagonista de películas o novelas “negras”. Porque el caminar salvajemente por la vida no debería estar “legislado” como parece estarlo para espíritus dejados de la mano de Dios, desheredados de la tierra por la fuerza de las cosas, las múltiples traiciones y engaños que no ves venir de lejos o no te enseñaron bien a percibir, en comprender dónde está la diferencia entre las palomas y las aves de rapiña.
Porque el caminar salvajemente por la vida sólo te puede remitir a tu vulnerabilidad enmascarada, revestida de fuerza bruta en ocasiones, de dureza instintiva y odios y rencores para con la vida. Y así creces y pareces convertirte en carne de cañón, en algo revestido de indignidad y para aquellos que sutilmente te empujaron por las vias prohibidas en algo carente de valor, de respeto, de consideración alguna.
El tiempo pasará, las nubes se alejarán y aunque puedas darle otro sentido a tu vida, aunque puedas olvidar y perdonar las variadas ingratitudes que pueblan el horizonte de tus recuerdos, tu alma se habrá impregnado de ese sello de amargura que sólo saben percibir claramente aquellas almas nobles que aún pasean por este mundo y que sólo ocasionalmente y de manera episódica cruzas a lo largo de tu vida. Ellos saben, ellos comprenden y con la mirada parecen decirte que sigas adelante con ilusión, que tienes los ojos más bonitos del mundo porque reflejan el sufrimiento y la fe, la sinrazón y el aliento surgido de la fe. Son furtivos ángeles que los cielos disponen en tu camino para que comprendas que no estás sola en la oscuridad, que nunca estás sola.
Muchos opinarán que me busco los problemas yo solita, que dejo que las cosas avancen lentamente hasta el punto de no poder enderezarlas. Es cierto, mi alma generosa y apasionada y carente de sentido práctico o frialdad, depende de cómo se mire, sólo sabe de impulsos y no conoce los estados reflexivos en donde sopesas los pros y los contras, con el lápiz en la mano y anotando todo en un cuaderno. Lo he intentado, palabra, pero las pasiones que anidan en mí y con la fuerza de mis demonios interiores y las ganas locas que tengo de sublimarlos me empujan siempre hacia caminos que no parecen tener salida alguna, sin llegar afortunadamente a rozar los precipicios pero a veces tan cerca de ellos que yo misma me suelo preguntar a mí misma a veces si no estaré hecha de una pasta mezcla de autodestrucción y pesimismo existencial, de poca fe, de poca fuerza, de poco carácter finalmente y que todo cuanto pueda decir se parece más bien a un loco intento de justificarme indefinidamente. Y quiero ser justa y lo pretendo a cada paso que doy, a cada paso que quiero dar.
Tal vez debería ser más humilde, más sencilla y aunque creo saber humillarme en el fondo siempre será un paso obligatorio para fines bien distintos de la humildad y de la sencillez. Mi alma se lanza a aventuras desesperadas porque es así, apasionada, ama la vida y sus riesgos, sus locuras incluso que en poco se parecen a lo que llaman locuras aquellos que, metidos en un mundo carente de emociones y vivencias intensas, reclaman cada viernes o sábado por la noche. Tal vez porque considero que no me enseñaron a vivir en esquemas normalizados me pude haber acostumbrado a sacudir la rutina y los esquemas inamovibles para encontrarle jugo y valor a la vida. Y la costumbre es ley y ley parece ser aquello que en mí me empuja irreversiblemente en épocas de supuesta crisis de valores a revestirme de un manto oscuro y dibujar con un lápiz perfilado el itinerario de mi próxima caída.
Tal vez sin temor alguno, sólo porque intuya finalmente que es un paso obligado para evolucionar, para dejar atrás las adicciones perniciosas, la laxitud existencial, la fuente de no vida. Y a todo eso, como Pablo Neruda algún día le pondré el título de confieso haber vivido … ya veremos.
Tuliette, walking on the wild side
(éste es uno de mis textos favoritos, hoy toca reeditarlo porque no tengo nada en la cabeza, estoy perdiendo facultades, se han ido las musas a recargar pilas en los bosques y me han dejado momentáneamente huérfana de ideas, puede que de sentimientos. No pasa nada, esperaré la próxima crisis, que está al caer, que está al caer, para ser creativa y parecer especialmente dotada para escribir, nada más falso, es el alma entera que clama y eso es algo muy diferente...)
